Mujeres, ocupan una mayoría de población aquí en el Caribe, en América; son lo más precioso y dulce que se ha podido crear, y me da curiosidad que hayan salido de la costilla de un hombre. Aunque me recuerdan una magnífica frase del Talmud, que decía que ustedes no podían salir de la cabeza de nosotros, por que se sentirían superiores, sino que de un costado, para ser iguales; bajo del brazo, para ser protegidas y al lado del latente órgano, para ser amadas.
Hay mujeres altas con piernas de acantilado, hay pequeñas, distantes y eternas, como las estrellas; hay de ojos café y cigarro; de ojos cielo y mar; de ojos naturaleza, ojos de vida, como yo le digo; y hay de ojos profundos, misteriosos, atrayentes.
Hay rubias color verano, y morenas color canela. Hay de piel muy oscura e infinita, como la noche; y de piel clara y transparente, como el cielo. Que estando juntas me recuerdan a un cuadro de ajedrez, con dos sutiles alfiles en el pecho y una reina entre las piernas. Pero también hay pelirrojas, que son fuego, que son cálidas, que emiten pasión por cualquier calle o habitación.
Hay delgadas como una hoja, y llenas, como una montaña; llenas de vida, de cualquier forma. Cualquiera posee curvas danzantes que al bailar desequilibran a cualquiera.
Ustedes son misteriosas, lo sé, pocas soportan una mirada profunda y sus ojos saltan de un lado al otro con nerviosismo; ¿qué ocultarán? quisiera saberlo ciertamente, por que son un enigma, un hermoso enigma el cual me encantaría descifrar día tras día, o al menos intentar descifrarlo. De lo que sí estoy seguro es que quiero deslizarme por sus delicados centímetros de piel, buscando tener a la mejor entre los labios. Quiero llenar mis bolsas oxigenadas con sus fragancias dulces y cítricas.
Son tan naturales que me recuerdan a un atardecer, sí, a un atardecer; porque en ese instante el sol no te apuñala esos rayos UV directamente, sino que es más sutil, te deja ver el cielo con tranquilidad, con serenidad y ternura; pero solo te permite ver ese momento lleno de tanta magia por un breve tiempo, aunque en el transcurso se le escapan unas cuantas estrellas, y la luna se va quitando la ropa de seda para quedar totalmente desnuda para nosotros, los admiradores. Para luego darle paso a esa noche llena de misterio, a ese veneno que llaman mujer.
Hay mujeres altas con piernas de acantilado, hay pequeñas, distantes y eternas, como las estrellas; hay de ojos café y cigarro; de ojos cielo y mar; de ojos naturaleza, ojos de vida, como yo le digo; y hay de ojos profundos, misteriosos, atrayentes.
Hay rubias color verano, y morenas color canela. Hay de piel muy oscura e infinita, como la noche; y de piel clara y transparente, como el cielo. Que estando juntas me recuerdan a un cuadro de ajedrez, con dos sutiles alfiles en el pecho y una reina entre las piernas. Pero también hay pelirrojas, que son fuego, que son cálidas, que emiten pasión por cualquier calle o habitación.
Hay delgadas como una hoja, y llenas, como una montaña; llenas de vida, de cualquier forma. Cualquiera posee curvas danzantes que al bailar desequilibran a cualquiera.
Ustedes son misteriosas, lo sé, pocas soportan una mirada profunda y sus ojos saltan de un lado al otro con nerviosismo; ¿qué ocultarán? quisiera saberlo ciertamente, por que son un enigma, un hermoso enigma el cual me encantaría descifrar día tras día, o al menos intentar descifrarlo. De lo que sí estoy seguro es que quiero deslizarme por sus delicados centímetros de piel, buscando tener a la mejor entre los labios. Quiero llenar mis bolsas oxigenadas con sus fragancias dulces y cítricas.
Son tan naturales que me recuerdan a un atardecer, sí, a un atardecer; porque en ese instante el sol no te apuñala esos rayos UV directamente, sino que es más sutil, te deja ver el cielo con tranquilidad, con serenidad y ternura; pero solo te permite ver ese momento lleno de tanta magia por un breve tiempo, aunque en el transcurso se le escapan unas cuantas estrellas, y la luna se va quitando la ropa de seda para quedar totalmente desnuda para nosotros, los admiradores. Para luego darle paso a esa noche llena de misterio, a ese veneno que llaman mujer.
Manu.

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