El retrato de un joven

Este es el retrato de un joven. Un joven que ayer fue considerado niño y mañana será hombre. Un joven al que le han madurado las alas, los ojos, la voz. Un joven que ha roto el cascarón en el que te incuban por más de una década, en donde te forman, te educan y te guían de cierta manera a un destino que se verá incierto e iluso luego de salir de él.

Es el retrato de un joven que ha luchado contra sus ideales, que ha mantenido su pasión y su visión del mundo, aunque hayan intentado vociferar que era un mundo falso.
Este es un joven que renace.

Inicia un trayecto donde él tiene la posibilidad de controlar, de pintar, de llevarlo a donde sus sueños lo enfoquen. Él se siente temeroso, le tiembla el alma. Percibe el ataque de nerviosismo al verse frente a esta nueva etapa. Este nuevo camino donde su apoyo dependerá de sí mismo junto a quienes lo sigan. Dónde su única atadura será su conciencia y su perspectiva para apreciar lo que le rodea.

Este retrato no refleja el interior, lo oculta, lo clausura de todo aquél que intente arrebatárselo; que quiera quitarle la brillantez de sus ojos cuando sueña o la energía atómica cuando se emociona.

A este joven lo conozco bien, quizá no tanto; no porque no quiera, sino porque los jóvenes a como él en pleno renacimiento llevan más pura y cruda la libertad en su piel. Aunque intenten arrancársela este joven resistirá y se opondrá ante cualquier acto que atente contra su creencia, aunque él mismo salga herido.

Crecí con este joven, lo vi formarse, lo vi evolucionar paso a paso hasta convertirse en quien es hoy. También lo vi caer, lo vi desmoronarse y ahogarse en pensamientos. Inclinado hacía el “tiempo todo lo cura” dejando que su pena o su sentimiento que lo encara fluya solo y se desinfle por su habitación.

Mucho puedo decir de este joven, como para relatar un cuento que a los ojos de unos podría ser biográfico o fantástico; pero créanme lo disfrutarán.

Por mucho tiempo he escrito sobre lo que me rodea, lo que me afecta, lo que me enamora. Y ahora es justo escribir de quién llena de orgullo una pequeña casa familiar de sólo tres pilares. Aunque su presencia sea fugaz en ocasiones, no deja de marcar el alma de los demás mientras pasa. Es de esos jóvenes que pisan la tierra muerta e inmunda y le permiten florecer de nuevo, le devuelven la vida. Aunque él sepa o no lo místico de su alma hay que agradecerle por tener esa especie de “El toque de midas” que permite que otros renazcan entre sombras y se levanten junto a él para seguir en busca de sueños, llenándose de hazañas, llenándose de vida.

Gracias, hermano.

Manu.

Comentarios

  1. Anónimo26.7.17

    hermoso me gusta mucho te amo hijo mio los dos son grandes

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