Quizá no
se está solo, como me han dicho. Pero igual nos sentimos solos. Rodeados entre
tanta gente. Dentro de una realidad curiosa e incierta, que me refleja una vida
plena, feliz y llena de dicha. Pero es eso, un reflejo, una ilusión dentro de
un interior donde hay falta de luz. De esa luz y esa brillantez que uno tanto
anhela. De esos ojos que te desnuden el alma y te saquen por la piel las
palabras, las canciones, la poesía. De esa luz que te hace viajar tan rápido
que apenas percibes que te mueves. Que no te falta el aire, como se predica, te
falta el alma que se asoma para ver el físico de esos ojos que te desbaratan el
universo. Para ver qué causa la inmovilidad del cuerpo, la insensatez de la
mente y la desdicha del corazón.
Se puede
profundizar en unos ojos, se puede caer y llegar tan lejos como estos te lo
permitan. Pero no es bueno, no es sano, no es “recomendable” caer
de lleno ante unos ojos, ante unos pies, ante un cuerpo lúcido que aclama tu
alma pura y limpia, para embarrarla de aventura e infinitez.
Usualmente
el alma no se entrega, y en ciertos casos, no se posee. El alma tampoco se
roba, y tampoco huye fugitiva ante un momento de desesperación. El alma está en
los ojos de quien ve tu pureza. He ahí donde ésta se comienza a generar dentro
de uno mismo. Bajo la voluntad de aquellos ojos que te alumbran el espacio
vacío que ocupará dentro de ti. Repartiendo calidez que le darán brillo a tus
propios ojos.
Siempre
he comentado aquí y allá que el secreto de la vida ordinaria es buscar lo
extraordinario. Ese “extra” que tanto nos puede costar conseguir. Un “extra”
que he visto en los ojos de otras personas, que son realmente el reflejo que
generamos en ellas. Es decir, que el “extra” faltante para hacer una vida extraordinaria,
está tras nuestros propios ojos. Dónde se genera esa pureza que le permite a
aquella alma nacer de los ojos que te miran.
Esos
ojos que te ven, no te miran. Te construyen. Te dan vida.
Manu.

Muy buena Manuel Alejandro, me encantó este poema!
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