La mañana, ya desde su inicio poseía magia.
Esa especie de misticismo que te hace levitar al despertar.
Mi teoría parte de la idea de que esa magia no era mía,
esa fuerza de atracción que rompe la gravedad
provenía de otro lugar.
Era de ella,
lo confirme más tarde.
Era ella quién me halaba el alma.
Ahí estaba yo, ahí estaba ella;
en un lugar tan ordinario como un simple tren subterráneo.
Yo seguía con inocencia acompañado de música,
pasando el rato.
Sin cuestionarme de dónde venía esa magia del alba.
De un momento entró en mi punto focal, y me sentí como un astrónomo que pasa horas frente a un telescopio, observando el universo y de pronto entra en su radio visual una estrella fugaz.
Así fue ella,
radiante,
cubierta por la piel durazno del amanecer.
Ahí lo supe,
luego de entre cruzar los ojos y guiñar con media sonrisa.
Ella se veía compuesta en su mayoría de magia y de polvo de estrellas,
con el cabello adornado de locura y serenidad.
Como nebulosa.
Preguntó por el tiempo,
yo, envuelto en la embriaguez de sus ojos,
torpemente tarde una vida en responder.
Luego de agradecer, su estación de destino ya la llamaba.
Se volteó,
junto con su aroma de miel
y su cuerpo celeste
se alejó.
Fugaz.
Tal y como vino.
Y ahí quedé,
embriagado por ese momento extraordinario.
Con cierta melancolía,
mi viaje había terminado
en el momento en que su infinitez
se llevaba un pedazo del alma mía.
Dejándome descompuesto,
atolondrado,
tocando de nuevo tierra,
Enamorado.
Esa especie de misticismo que te hace levitar al despertar.
Mi teoría parte de la idea de que esa magia no era mía,
esa fuerza de atracción que rompe la gravedad
provenía de otro lugar.
Era de ella,
lo confirme más tarde.
Era ella quién me halaba el alma.
Ahí estaba yo, ahí estaba ella;
en un lugar tan ordinario como un simple tren subterráneo.
Yo seguía con inocencia acompañado de música,
pasando el rato.
Sin cuestionarme de dónde venía esa magia del alba.
De un momento entró en mi punto focal, y me sentí como un astrónomo que pasa horas frente a un telescopio, observando el universo y de pronto entra en su radio visual una estrella fugaz.
Así fue ella,
radiante,
cubierta por la piel durazno del amanecer.
Ahí lo supe,
luego de entre cruzar los ojos y guiñar con media sonrisa.
Ella se veía compuesta en su mayoría de magia y de polvo de estrellas,
con el cabello adornado de locura y serenidad.
Como nebulosa.
Preguntó por el tiempo,
yo, envuelto en la embriaguez de sus ojos,
torpemente tarde una vida en responder.
Luego de agradecer, su estación de destino ya la llamaba.
Se volteó,
junto con su aroma de miel
y su cuerpo celeste
se alejó.
Fugaz.
Tal y como vino.
Y ahí quedé,
embriagado por ese momento extraordinario.
Con cierta melancolía,
mi viaje había terminado
en el momento en que su infinitez
se llevaba un pedazo del alma mía.
Dejándome descompuesto,
atolondrado,
tocando de nuevo tierra,
Enamorado.

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